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Que dentro de la programación oficial de PhotoEspaña 2018 el Museo del ICO acoge anualmente una exposición dedicada a la fotografía de arquitectura y urbana ya no es una novedad, constituye una tradición. Este año El Museo ICO llena sus salas con la exposición En el tiempo. Carlos Cánovas que muestra la obra de uno de los fotógrafos de paisaje más relevantes de la actualidad.

Esta exposición podrá verse hasta el próximo 9 de septiembre y ofrece una visión panorámica sobre el trabajo de éste autor a lo largo de más de 30 años. Se trata de imágenes que retratan espacios en momentos previos al acontecer de grandes cambios que Carlos Cánovas plasma con una intención, o al menos un resultado, poético.

La muestra es un recorrido por la fotografía arquitectónica y urbana de Carlos Cánovas desde los primeros años 80 hasta la actualidad a través de más de un centenar de fotografías, gran parte de ellas inéditas, agrupadas en seis series sucesivas: Tapias (1980), Extramuros (1983-1990), Vallès Oriental (1990), Paisaje sin retorno (1993-1994), Paisaje anónimo (1992-2005) y Séptimo Cielo (2007-2017). En ellas el protagonista principal es el paisaje urbano, del que le interesan sobre todo los espacios donde confluyen la naturaleza y la intervención del hombre, y que recoge en imágenes con una fuerte dimensión estética.

Su carrera ha estado marcada, desde sus comienzos, por su doble condición de fotógrafo y estudioso del medio. Asimiló influencias de autores de generaciones anteriores y de su propia investigación sobre técnicas y soluciones formales. Sus estudios sobre la historia del medio fotográfico, así como el conocimiento de lo que se estaba haciendo en otros lugares, sobre todo en Europa, jugaron también un importante papel en su forma de definirse y de entender la fotografía.

Tal y como señala el crítico de fotografía Alberto Martín, en su obra se percibe “una constante preocupación por cuestiones como la naturaleza del documento fotográfico, el proceso de elaboración formal de la imagen, la luz, o un asunto recurrente para él y que atraviesa su obra, como es la cuestión de la distancia con respecto a lo fotografiado, una distancia no solo física, sino especialmente emocional, y que de algún modo entronca también con el delicado y ambiguo asunto de la belleza, o si se prefiere de la poética, que no obstante, y no es una posición fácil ni frecuente en las últimas décadas, afronta con claridad y rotundidad”. Y concluye: “Se podría definir a Cánovas, en este sentido, como un fotógrafo eminentemente reflexivo.”

Sus fotografías son documentos poéticos construidos en momentos intermedios que preceden o rememoran grandes cambios sociales e industriales. Estos paisajes le sugieren múltiples lecturas en torno a los conceptos de espacio, distancia y tiempo, conceptos que utiliza igualmente para su particular y constante reflexión sobre la imagen fotográfica. Como el propio Cánovas afirma, “lo único que hace el fotógrafo es intentar que las cosas que recogen sus imágenes reflejen sus ideas previas, y también, de manera tal vez menos deliberada, aunque no menos importante, sus dudas”.

El trabajo de Carlos Cánovas, en su conjunto, constituye una suerte de registro crítico sobre la transformación de lo urbano. A la vez, esta exposición pone de manifiesto la idea del autor sobre la propia fotografía, “una actividad permeable a la experiencia personal, en cada lugar y en cada momento, una experiencia que puede manifestarse en respuestas diferentes, pero que, desde su carga poética, gira intensamente en torno a las ideas de tiempo y distancia”.

Sobre la exposición

Tapias (1980) es una serie temprana que adelanta algunos de los postulados que luego caracterizarán su obra, con un interés por el tratamiento de los muros, los espacios indefinidos y la atención hacia una naturaleza relativamente contenida. Extramuros (1983-1990) es la primera serie en la que se centró en el espacio urbano propiamente dicho, en este caso, en torno a la ciudad de Pamplona. Cánovas eligió la luz de la mañana, los cielos despejados, la distancia media y el formato cuadrado, que le permite acotar más el tema. Unos años más tarde, Vallès Oriental (1990) significaría para el autor la posibilidad de una relectura de su anterior trabajo, pero ahora en un espacio desconocido, lo que le permitió también revisar la naturaleza de su relación con lo urbano.

Paisaje sin retorno (1993-1994), proyecto que se solapa en el tiempo con Paisaje anónimo (1992-2005), gira en torno a paisajes fabriles o industriales. Paisaje sin retorno fue un trabajo sobre la ría de Bilbao en un momento en que estaba empezando a desmantelarse su entramado industrial, incluidos los Altos Hornos de Bizkaia, para dar paso a una profunda reforma urbana –física y espiritual, de concepto- que cambiaría el perfil de la ciudad para el futuro. Para muchos críticos, entre ellos Alberto Martín, probablemente sea este proyecto un punto de inflexión en la carrera de Cánovas, “el momento más intenso de su itinerario creativo”, así como uno de los trabajos de referencia sobre paisajismo urbano en España.

En Paisaje anónimo (1992-2005) el fotógrafo trabaja de nuevo en esos entornos periféricos que rodean las ciudades, y en los que retoma la noción de “conciencia del lugar”, que explora en profundidad, manteniendo sus constantes en relación con las ideas de temporalidad y distancia en lugares anónimos en los que dar cabida a una poética personal.

Por último, Séptimo Cielo (2007-2017), finalmente, supone un cambio estético que deriva en buena medida de la utilización del color, que no obstante se convierte en un elemento existencial y emocional más que descriptivo.

En esta serie recoge paisajes de su entorno más cercano –un espacio en la zona residencial de Pamplona, donde reside, de apenas un par de kilómetros cuadrados–, ese mundo intersticial en el que conviven lo urbano-residencial con lo semi-industrial y agrícola.

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